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lunes, 3 de marzo de 2008

Evocación


Es un proceso curioso, aquel que nos hace caer en ese mar, en ocasiones bravio, que suelen ser nuestros recuerdos...
Ayer me ocurrió uno de estos procesos. Estaba terminando de ordenar la ropa, guardando esos jerseys de cuello alto y de lana gorda, que francamente no he sido capaz de ponerme en todo el invierno y sacando la que me acompañará a Tenerife, y me dije, voy a colocar todos mis disfraces en las bolsas guardatraje. Al ir a colgar el traje de magdalena, me asaltó el olor añejo de la cuerda con la que ceñíamos las vestiduras al cuerpo y un torbellino de momentos me cogió desprevenida. Tuve que sentarme en la cama y sosteniendo el traje un rato cerca de mi nariz, recordaba una y otra vez cada uno de esos segundos que pasé en compañía de ese peculiar aroma.
En la soledad de mi habitación, con una sonrisa boba asomando en mi boca, pensé en lo fragil que es la línea de la realidad, como un simple olor, era capaz de transportarme al pasado y hacerme revivir una época de mi vida. Así que me dije, ¿por qué no robar al tiempo otros pocos segundos?
Entonces cai en la cuenta de que había en mi casa, escondidas, a salvo del paso del tiempo, fragancias que me recordarían a mi padre. Corrí al cajón de los bordados, aquel donde guardábamos hilos de oro y seda y rebusqué casi con agonía la pequeña bolsita. Allí estaba, el olor de las manos de mi padre, la cera con la que se ablanda el hilo antes de enhebrar la aguja y le pude sentir tan cerca, que casi me dio miedo.
Seguí luego buscando aromas, mi nariz y mi mente no querían dejar de recordar, ese frasco de colonia nenuco y el colacao que me recordaron a cada una de las mañanas de la infancia, un varita de incienso que trae consigo el tintineo de una vara de palio y el racheo de una zapatilla de esparto, ese olor a suavizante de la ropa, tan especial que es el olor de nuestra madre y que ninguna otra puede igualar, un libro recien comprado, que es ilusión por empezar un nuevo curso...
Luego pensé que tenía algo de mi abuelo, un cinturón de esparto que me tejió para mi túnica del Santo Entierro. Podía verlo sentado en su patio, al sol, con su gorra de celpa y sus zapatillas de paño, entrelazando con sus artriticas manos las finas hojas.
Y me di de bruces con algo que no sabía ni que tenía, algo que apareció en el momento justo en el que debía aparecer. Una de esas pequeñas pulseras de tubo con arena de la playa de sabinillas dentro. La abrí y por instante estaba en ese balcón mirando al horizonte, respirando un halo de paz de esos que solo sabe obsequiarte el mar, cuando el sol está apunto de esconderse bajo sus tranquilas aguas.
Ya veis, tantas historias fantásticas sobre viajes en el tiempo y el espacio, y es más fácil de lo que sospechábamos. Ahora he decidido guardar el olor de mi hermano que se me va lejos a trabajar, para estar con el cada vez que lo eche de menos.
Ya me imagino a mis niñas rebuscando la cuerda en el baul de los disfraces, a los sabinilleros buscando donde porras guardaron la dichosa pulsera y a mas de uno con la nariz metida entre la ropa que le planchó su mamá, así que ánimo y ya me contaréis que tal ha sido el viaje...

Mi nariz, compañera incansable en el viaje de la vida.........eva