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domingo, 10 de enero de 2010

Cortina de humo



Mentiras, las hay de tantos colores y calidades que casi resulta imposible contarlas todas a un solo e insignificante ser humano. Las hay por un lado buenas o malas e incluso existen subíndices con lo que podríamos llamar mentiras piadosas y mentiras terribles, aunque sean las mas crueles las que se dicen en silencio. También cabe la posibilidad de que algunas de ellas solo sean una percepción distinta de un mismo hecho por espectadores variados, a menudo influenciados por prejuicios de raza, sexo o condición, lo que les conduce irremediablemente hacia una injuria disfrazada de la mas pura verdad con harapos de satén y seda.
Están las verdades a jirones, las medias tintas, aquello que se oculta por el bien del engañado o de uno mismo, aquellas que se comprimen en una pequeña urna con la esperanza de que no encuentren la salida, pero que al final, siempre terminan hallando un resquicio por donde filtrar su veneno.
Enormes falsas se han conocido a través de la historia, tal sea el caso del caballo de troya, que la guerra de los cien años en realidad durara ciento dieciseis, traiciones familiar por codiciar el reino, o incluso la biblia.... Lo cual nos debe hacer pensar que el arte del engaño forma parte de la condición humana desde el amanecer de los tiempos y es que la traición -decía Maquiavelo- es el único acto de los hombres que no se justifica. Y agregaba: "los celos, la avidez, la crueldad, la envidia, el despotismo son explicables y hasta pueden ser perdonados, según las circunstancias; los traidores, en cambio, son los únicos seres que merecen siempre las torturas del infierno, sin nada que pueda excusarlos". La verdad es que la traición es un impulso complejo, donde se mezclan los más abyectos sentimientos con las pasiones más encendidas, pueden ser resultado de la envidia y ponzoña mas arraigada que de un acalorado y fulgurante asunto del corazón.
Lo cierto es que de una forma o de otra, todos los seres humanos tenemos la increible capacidad de mentir sin que ello suponga esfuerzo alguno fisica o psicologicamente, por lo que queda patente que es innato y tan natural como respirar.
Decía Thomas Jefferson que el hombre que no teme a las verdades no teme a las mentiras. Por lo que sabemos existen personas que se aproximan casi a una distancia alarmente a ser a lo que podríamos llamar un ser puro y sincero, pero francamente dudo que eso pueda existir, por algún sitio esa fachada terminará cediendo; de no ser el caso, no incurriria en mentiras piadosas por los que sería malvado al no proteger a otro ser ante la horrible visión de la verdad mas sanguinaria y cruenta.
No definitivamente, la mentira es tan necesaria para la vida que conocemos como el aire que ensancha nuestros pulmones, como la sangre que corre en tropel por nuestras venas o el agua que apaga la sed y permite con su presencia que todo siga su curso.
Lo único que pone el punto de equilibrio es, como dijo Socrátes, que la mentira nunca vive lo suficiente como llegar a ser vieja. La verdad se retuerce, muerde y patea las capas de engaños que ponemos, incansable luchadora, nunca pierde el aliento y colmada de paciencia, permanece agazapada en las sombras, esperando una señal de debilidad, un asomo de duda, un resquicio de fragilidad y siempre termina encontrando el camino hacia la luz.
Y esa es la esperanza de todo el que haya sido objeto de un mentira envenenada, de una traición o de un falso testimonio, agarrarse a ese clavo ardiendo sabiendo que el sabio tiempo, termina por dejar todo como estaba antes de la tormenta. Solo es cuestión de esperar.
¿Pero que ocurre cuando un ser humano se miente a si mismo? No puede sentarse tranquilamente a esperar que la verdad encuentre el camino de vuelta a casa ella sola. Debe ser ayudada. La única pega es que esas mentiras que nos contamos, suelen ser sentimientos contrariados que ocultamos con cortinas de humo y que en los días en los que sopla brisa y se despeja un poco la niebla, arrementen contra nuestra conciencia con saña, pellizcandonos el fondo del estómago y quejandose a voz en grito de que no seamos capaces de prestarles atención. Así que las empujamos de nuevo muy abajo y ponemos unas nuevas encima, como si fueran capas de pintura sobre una pared humeda, aunque en el fondo sepamos que se terminaran desprendiendo y solo nos queda la ilusión de pensar que algún día esa pared secará sola y sanará nuestra alma de forma casi mágica. Y esto no es más que otra absurda mentira.
En fin, queridos seres humanos, nos queda otra que luchar portando la armadura de nuestros propios engaños contra las traiciones y embustes que otros se tomaron la molestia de crear para ti, quizás para no seguir sintiendo el pellizco de sus propios engendros en el fondo del estomágo, y sentarnos a esperar a que el tiempo ponga las cosas en su sitio y al mismo tiempo correr desesperadamente a despejar nuestras propias cortinas de humo, porque sino nos terminaremos ahogando.

Os saluda una mentirosa conversa..........................Eva